Cosquin Rock. Día 2. Va escampar


Por Clara GD

Tregua se le dice a una “suspensión de hostilidades entre beligerantes, por tiempo determinado”, y si bien no estábamos en guerra, algo así fue lo que pasó entre la nubes y nosotros. Fue un rato no más, un par de horas que salió el sol para evaporar algo del peso que llevaban nuestros abrigos, para sellar el barro seco en nuestros pantalones. Pasado el mediodía, justo a la hora de arrancar, volvió el agua para acompañar nuestros coros de público, nuestros pogos de lodo. Si lo de ayer había movilizado, el segundo día pedía redoblar la apuesta, no solo por las bandas que tocarían, sino también por la concurrencia. Eruca Sativa medió entre las seis bandas que iniciaron la jornada - Jotes, Astenia, Inazulina, Infierno 18 y Jauría- y las que estaban por venir. En el escenario principal y de local, la banda cordobesa desplegó todo su rock para un público que no se quedó atrás. Era temprano, pero sólo para los que aún se refugiaban de la lluvia. Para los seguidores, las gotas más pesadas de la tarde no impidieron acompañar, cantar de principio a fin cada canción, mostrar sus banderas, romper en saltos. Todo se ponía cada vez más oscuro, pero el público pedía más y el trío respondió sin dudar. 

Y así fue que siguió Carajo y más luego Catupecu Machu. No sé si es posible explicar eso de que la música se convierta en vibración que viaja como un rayo y se expande por la tierra, que entra por los pies y sube por el cuerpo hasta tomarlo por entero y llenarlo de magia… pero así fue. 

Y como si fuera poco Fernando Ruiz Díaz dijo “vi lo quieto/que estaba quieto/tocando el arpa hoy/despertate no estás muerto…”, y ahí no más retrucó: “desde el comienzo no de la valla, si no del vip acá adelante, hasta el final de la gente ¡los quiero ver a setenta y siete centímetros del piso! ¡¡Dale!!”. Y así fue. Así que todo se convirtió en salto. Que la versión fueron doce minutos de encuentro y descontrol controlado. Así que el baterista de Eruca Sativa, Gabriel Pedernera, que había tocado la canción anterior no pudo irse, que la cantante de la misma banda, Lula Bertoldi, entro al escenario improvisada y corriendo. Así que se coló “Hey ho lest´s go”. Así que pidió que lo escuche Gustavo Cerati y Gabriel Ruiz Díaz. Así que boca a boca, micrófono de por medio, Lula y Fernando cerraron la canción a gritos como solo ellos saben dar.

Y ¿cómo seguir?, por el principio. Porque si el escenario Temático el día anterior tuvo a “los padres”, hoy venía el “abuelo”… En esta jornada el escenario alternativo se titulaba “heavy”, y para las 20 horas ya había pasado por allí Gtx, Huaykil, Mastifal, Plan 4, Hammer, Lethal, Hellion y Rowek. En ese momento era el turno de Viticus haciendo un tributo a Ruedas de metal. 


El público metalero es fiel, es cincuentón y es joven también. Viste borceguíes y camperas de cuero. Lleva pelos largos que revolea de un lado a otro y tiene barro hasta en la cara. Casi como en una pelea de boxeo, en el pogo se reparten piñas y patadas pero todo a su medida. Tiene códigos. Será por eso que Horcas hace de la mención de los ocho años consecutivos que tocaron en el Cosquin Rock un argumento para reclamar un festival heavy. Será por eso que agradece “el respeto y la educación” del público al tiempo que bardea y regala canciones para quienes dicen que “el metal está muerto”. Será por eso que dedica “Solución” a esos “putos, caretas que te palmean la espalda y se cagan en vos”, dejando ver entre líneas que alguna de esas palabras iban dirigidas a los organizadores del festival. Era tarde y el escenario Temático prometía más, todavía faltaban Angra y Almafuerte. 


En el escenario principal la secuencia es otra. Con algunas complicaciones de traslado producto del mal clima por fin arribó Calle 13. El público es masivo y heterogéneo. La mujer del grupo, Ileana Cabra Joglar, pide complicidad para interpretar sus tramos, y es que una gripe inoportuna le impedía desplegar lo mejor de su voz. René desata la fiesta y presenta dos canciones nuevas que no se quedan atrás de lo que siempre expresó. La lluvia ha dejado algunas complicaciones técnicas, pero pareció una burla metafórica cuando se cortó el sonido en tres oportunidades mientras cantaba “Siempre digo lo que pienso”, situación de la que el cantante nunca se enteró escuchándose él por su retorno y manteniéndose desinformado por los técnicos que nunca le avisaron de tal silencio. A pesar de los desperfectos, durante una hora los puertorriqueños movieron los cuerpos de todo aquel que los estuviera viendo, envolviéndolos en sus características palabras críticas que piden hacer peso en la balanza de su fama comercial. 


El festival siguió. No fueron los primeros ni los únicos, pero los músicos de Las Pastillas del Abuelo saludaron a Susana Trimarco, presente entre el público. Pidieron que la cuidemos y exigieron que desaparezca la tarta (de mujeres). Tampoco fueron los únicos en pedir que se vaya Monsanto del país. Lo que los músicos decían no quedaba sólo en palabras, durante los tres días desfilaron imágenes del Che Guevara, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional de México y la Juventud Peronista. Estampas de “no a la trata”, “fuera Monsanto”, “queremos saber qué paso con Luciano Arruga”, “no al aumento del boleto” y “libertad a Callejeros”, eran consignas que se hacían remeras entre el público. Asimismo, en las pantallas se repetían entre las publicidades spots que hacían referencia a la violencia de género y daba números telefónicos donde ejercer las denuncias correspondientes. 


Se hizo tarde. Los metaleros seguían por allá, deleitándose con un Almafuerte que desprendía genialidades salidas de sus cuerpos e instrumentos. También sumaron, como varias bandas supieron hacer, saludos indirectos a José Palazzo y compañía, “cuánta platita hicieron acá ¡eh!”, se le escuchó decir a Ricardo Iorio. Al mismo tiempo el escenario principal esperaba el cierre de la noche. Cuando lograbas elevarte sobre algún hombro compañero y mirabas para atrás, todo se figuraba en una marea de gente interminable. Si dolían las piernas qué más daba, estábamos allí esperando el milagro. 


“Ha ha ha ha ha ha ha”, nos hablaron las “Orugas” apenas comenzó el recital de Las Pelotas. Germán Daffunchio iba y venía por el corredor, Gabriela Martinez lo seguía de a ratos y en los encuentros eran ellos. “Que lindo es ver la luna, después de la tormenta/ 


los rayos te atraviesan, no puedo hablar/te juro que si al hombre, le hubieran dado alas/ 


iría al fin del mundo, solo con vos”, le cantaba él mientras la abrazaba y ella devolvía el gesto con un acurruco y una sonrisa, pero sin dejar de tocar el bajo. Y si nosotros ya no queríamos saltar, despegábamos involuntariamente del piso; y si ya no queríamos cantar, nuestras gargantas gritaban; y si pensábamos que nuestro cuerpo no podía recibir más emociones y delirios no pudimos hacer nada para negarnos. ¿Cómo decir que no cuando nos piden que “Shine, shine, shine, shine”, cuando invitan a Fernando Ruiz Días y “El negro” García López para cerrar la lista con “El ojo blindado”?


Esta vez para irnos somos kilómetros. La procesión cuenta cerca de 50.000 personas que se retiran en silencio. Cada tanto alguien disparaba un “muuuu” burlándose de nuestra actitud vacuna. Algunos intentamos arrancar “una que sepamos todos”, que hiciera más amena la caminata de cuerpos apretujados que por momentos parecía infinita. Pero la multitud solo quería escuchar silencio. Si para alguien no quedaba claro aún el significado de la palabra escampar, esa noche no necesitó diccionarios. Sólo pedíamos que esta vez la tregua se extienda un día más.

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