El cine y la conciencia de enfermedad


Una historia ajena contada a través de personajes distantes a su realidad toma por sorpresa al espectador, le permite despojarse de sus inhibiciones, y acaso por un breve momento, proyectarse en la vida de aquellos que aparecen en pantalla. La semiótica actúa en el adormilado inconsciente del público y lo rasca tan sutilmente que la magia del discurso en una película empieza a obrar su encanto y hasta sus milagros.


El cine engulle la atención desde la proyección en pantalla al fondo de la sala oscura, permite mantener la mente enfocada en los estímulos visuales y auditivos que de ella emanan con tal voracidad que en un buen observador se presentan distintos fenómenos: se comienza por buscar similitudes entre los personajes y uno mismo y se evocan experiencias agradables o desagradables. Visto desde la perspectiva etérea propia de las películas todo se vuelve menos atemorizante. Luego entonces, al encenderse las luces y regresar del letargo de hora y media o más al que ha estado sujeto el individuo, el trabajo reflexivo comienza con el camino a la cotidianeidad.
En algunos hospitales especializados en salud mental el cine es una herramienta noble y poderosa utilizada para generar “conciencia de enfermedad” en el paciente. Ésta no es más que el saberse y aceptarse con el diagnóstico de una enfermedad mental, que puede ir desde un desorden alimenticio hasta trastornos de la personalidad de diversa índole. La conciencia de enfermedad permite que tanto familiares como pacientes se tornen menos vulnerables ante la afección, y por tanto, tengan un pronóstico más favorable en su rehabilitación. Los grupos focales que proponen discusiones en torno a películas con temas de comunicación, enfermedades terminales, trastornos mentales y violencia intrafamiliar, entre otros, desarrollan una perspectiva crítica y reflexiva respecto al cine, lo que les permite hablar de sus propios miedos, ansiedades, sentimientos y emociones a través de los personajes. Es como si pudieran sacar de sí mismos ese costal que han llenado con las cosas que les causan temor o repudio para depositarlo en los personajes. Este fenómeno se denomina “espejeo” y tiene lugar cuando el sujeto se reconoce en el otro; en ese instante comienza la toma de decisiones sobre lo que se hará.
La responsabilidad de sí mismo y lo que se descubre en una ficción es un trabajo arduo que sin embargo ya ha dado el primer paso, que es la conciencia. El camino que queda por recorrer hacia la sanidad es menos difícil. La rehabilitación se acompaña con temas menos escabrosos, siempre se encuentran películas que funcionen.
Las obras cinematográficas pueden influir a placer en los estados de ánimo. Como la vida misma, son capaces de llevarnos de lo sublime a lo sórdido. El cine es, por lo tanto, una herramienta terapéutica que provee su elixir catártico sin efectos secundarios.

por:  Diana X. Hernández psicóloga. Actualmente estudia en el Instituto Milton H. Erickson.

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