Decencia Elemental: El Caso de Hombre Mirando al Sudeste de Eliseo Subiela


No es secreto ni noticia que en las entrañas de la industria hollywoodense comienzan a manifestarse los síntomas de una enfermedad relacionada con la falta de creatividad. La gran maquinaria fílmica cada vez se da más a la tarea de comprar, sencillamente, los derechos de un guión exitoso en el extranjero y ambientarlo en Estados Unidos. Se trata de historias de latitudes diversas, muchas de ellas geniales, que de otra manera muy probablemente no serían conocidas por la gran masa de un público para el que el cine con subtítulos se relaciona en automática ecuación con la idea del cine de arte, misma que en el vecino país se sabe limitada a círculos de cinéfilos, críticos y académicos.


La fórmula se repite constantemente y las productoras buscan fichar sus próximos éxitos en países lejanos para dar cabida a la tendencia del remake. Desde el terror asiático hasta el suspenso escandinavo, la adaptación ha sido la respuesta estadounidense al innegable proceso globalizador, una solución contraria al cosmopolitismo que implica el entendimiento del cine como un arte de carácter universal.
           América Latina ha aceptado la globalización de una manera cándida por no compartir el aislacionismo estadounidense, situación que nos pone en un papel de receptores de las diferentes “versiones” de un mismo filme. Entre nosotros es común escuchar opiniones encontradas: para algunos la labor de Hollywood consiste en “rescatar” esos buenos guiones y dotarlos de su propia magia, para otros el original, por pobre que sea su producción, sigue manteniendo un encanto especial y se encuentra poblado de honestidad artística. Independientemente del punto de vista, lo importante, en términos de creación, es que siempre se reconozca el origen y la operación mercantil se lleve conforme las leyes internacionales de propiedad intelectual.
Si para ciertos individuos la creatividad ha llegado al límite y de pronto se ven inspirados por una historia ajena, la decencia debe imperar y con ella el reconocimiento del talento del otro, que puede conducir a dos caminos: intentar una nueva versión o bien la adaptación, siempre otorgando el crédito necesario.
Por todo ello, es importante retomar un caso de claro plagio en la cinematografía mundial, mismo que a pesar de haber sucedido hace más de diez años, continúa vigente en la memoria. Me refiero a lo ocurrido con Hombre mirando al sudeste de Eliseo Subiela.
En 1995 el escritor Gene Brewer publica una novela titulada K-Pax. Sin sorpresa, no pasa demasiado para que llame la atención de los productores y se decida hacer una película en 2001. Protagonizada por Kevin Spacey y Jeff Bridges, K-Pax cuenta la historia de un hombre en un sanatorio que clama ser un extraterrestre y quien entabla una relación de amistad con su psiquiatra, este último lo examina tratando de probar su demencia y conforme avanza la trama comienza a creer en las afirmaciones del misterioso paciente ante la falta de evidencia del pasado del mismo, concluyendo con un desenlace que mantiene la duda en el espectador acerca de si el protagonista es en realidad o no un hombre venido de otro planeta. Un relato tremendamente original, sin duda, pero con el inconveniente de que es casi idéntico a una bella película argentina de 1986 escrita y dirigida por Eliseo Subiela.
Subiela es un director de culto que vivió en carne propia la censura bizarra de la dictadura militar que gobernó Argentina de 1976 a 1983 y que en las décadas de los ochenta y noventa desarrolló un estilo basado en un surrealismo poético, algo cursi, con paisajes urbanos y una exposición de la realidad social de su época. Sus obras más exitosas son El lado oscuro del corazón (1992), El lado oscuro del corazón 2 (2001) yPequeños milagros (1997), aunque quizá su mejor cine radica en una joya poco conocida llamada Últimas imágenes del naufragio (1989) y la aludida víctima Hombre mirando al sudeste.  
En el terreno de la comparación, el cinéfilo difícilmente podrá evitar ponerse del lado de aquellos que prefieren el original a la réplica. La postura en favor de Hombre mirando al sudeste no responde a un esnobismo kitsch. Sin duda los efectos especiales y la producción de K-Pax resultan superiores, pero el filme en sí es inferior al argentino, quizá porque K-Pax cae en lo superficial mientras que la película de Subiela retrata una sociedad en reconstrucción y dota a su extraterrestre, llamado Rantés, con un mensaje que tiene a la humanidad por destinatario.     
Hombre mirando al sudeste nos muestra la frialdad de la relación médico-paciente y las consecuencias para aquellos que se atreven a cruzar dicha frontera. Pero más importante son los temas de la exploración de la conciencia humana, la indiferencia hacia el otro y la comodidad del prejuicio que estigmatiza como demente a los que piensan de una manera distinta. Existe un halo de misticismo en el original que, a diferencia de su copia, transporta al espectador al terreno total de la ilusión.
           K-Pax carece, por su parte, de la profundidad narrativa de la obra de Subiela. El filme estadounidense responde a un planteamiento pobre en donde la idea consiste en atrapar al espectador apelando al mero morbo de saber si el misterioso visitante es o no alguien proveniente de otro planeta, es decir que se genera una intriga de thriller que impide notar la metáfora que, en el original, es el núcleo que otorga el espíritu de la historia. Observamos un uso paupérrimo del interesante campo cinematográfico de la ciencia ficción y encontramos en Prot, protagonista equivalente a Rantés, una caricatura predecible y poco original encarnada por un buen actor como Kevin Spacey.
Y es que en Hombre mirando al sudeste la ciencia ficción y la situación poco convencional del hombre que se declara extraterrestre son solamente un pretexto, un contexto único que sí atrapa al público, pero sólo para poder expresar un particular manifiesto sobre la vida que ha de ser vivida y el mundo que habitamos, uno abominable y hermoso a la vez.    
           Entre los filmes existen diferencias, no hay duda alguna, pero esa idea sumamente original, detallada y esencial prevalece como la causa del conflicto, por ello nadie se tragó el cuento del señor Brewer cuando dijo nunca haber visto la obra de Subiela. Una demanda fue interpuesta por los abogados del director argentino en California, pero no pasó demasiado tiempo para que fuera desestimada. Desconozco las razones, aunque puedo imaginarlas: el sempiterno conflicto de David contra Goliat.
Existen historias que merecen ser contadas y conocidas por todos, pero los actos ventajosos resultan indignantes. El malestar de Hollywood quizá está relacionado con el hecho de insistir en la visión del cine como mero acto comercial y no como lo que verdaderamente estuvo llamado a ser desde sus orígenes ligados al ilusionismo: un auténtico arte. El guionista se convierte en un mercenario de las corporaciones, tal vez porque, es cierto, el mundo cultural todavía es reacio a aceptarlos como parte del microcosmos de las letras, además de que existe una tremenda falta de reconocimiento de su labor en Estados Unidos. No obstante, eso no es justificación para atentar contra la originalidad de los grandes creadores extranjeros.
Independientemente de lo que determinaron los tribunales, el plagio de Hombre mirando al sudeste subsiste como un atentado en contra de las disposiciones jurídicas llamadas a proteger a los autores, sin importar su nacionalidad y condición. Por ello, esta falta de honestidad y, sobretodo, decencia debe denunciarse públicamente para que los amantes del séptimo arte puedan tener una mirada amplia y un criterio alimentado por la verdad. Así, en una realidad como la actual donde la información está al alcance de las mayorías, es de esperar que las intenciones deleznables no prosperen y el talento sea siempre protegido

(José Miguel Arroyo es narrador y ensayista)



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