Dancing Mood y El Dia que los Rockeros nos Pusimos a Bailar
Bien se sabe que, los últimos años que nos han tocado transitar por esta parte del mundo,se han visto casi tiranicamente gobernados por formatos lateados y digitados, en cuanto a lo que se espera de cada grupo, colectividad, tribu o agrupamiento, a los cuales decidamos pertenecer. Hay mandatos, que son prácticamente ineludibles, en tanto y en cuanto, nos paremos en algún lado del paisaje social, en relación a lo que se espera de nosotros. Y esos mandamientos, si uno los escudriña debajo del microscopio de lo simbólico, contienen en su pasta base, un elemento altamente coercitivo,pero que en definitiva nos otorga una identidad.
Y creo que en esta ultima cuestión reside el eje vertebral de la pertenencia: identificarse, volverse un individuo no ya desconocido, sino con un sentido de apropiación a tal o cual cosa. Pertenecer, existir ante la mirada de esos otros, nos confirma en nuestra existencia y nos da una orientación.
De esta manera, a medida que pasa el tiempo, nos vamos moviendo en la construcción de nuestra propia identidad, a veces saltando en una pata, a veces metiendo los dos pies en el plato, pero sobre todo, enalteciendo con orgullo la bandera que nos identifica. Es así como se van poblando las filas de los que se definen musicalmente como metaleros, hiphoperos, reguetoneros, ricoteros, poperos, y cuantos eros mas...
Sin embargo a veces, y solo a veces, aparece un perro verde, que nos atrapa con sus irresistibles cantos de sirena, generando una contradicción en nuestro manual de comportamiento esperado, y a veces también, decidimos dejar las recetas que nos cocinan en el rincón de aquello que se descarta, cuanto tomamos una tangente, y abrimos un nuevo camino.
Ese perro verde del rock supo estar en el Alto Valle un viernes medianero del mes de noviembre, y lleva por nombre Dancing Mood.
Aquellos paganos de nuestras propias tribus, que nos dimos cita en el Cipoleño Meet, pudimos ver a la banda comandada por el genial Hugo Lobo, profeta en su tierra de fusiones e híbridos, junto con sus trece compañeros de ritual, en una ceremonia en donde la constante estuvo dada por una actividad no tan frecuente entre algunos de nosotros: el baile.Puedo asegurar con una contundencia explicita que no hubo un solo pie en el recinto, que no haya acompasado el ritmo de esta grand band en donde los vientos tomaron el timón rotundo de las aguas a navegar.
Catorce músicos en escena: dos guitarras, bajo, batería, percusión, teclados y sintetizadores, dos trombones, trompetas, armónica, flautas, y en un tramo, un cantante invitado, el cual, con sus larguísimas rastas, le puso palabras al ritmo contagioso. Lo que se demostró sin embargo, fue que esta banda tranquilamente puede prescindir de esas palabras. y es que Dancing Mood lleva con tal comodidad extensas composiciones instrumentales, que transmiten y crean ambientes, allí donde las palabras prácticamente son un sonido mas, y no las protagonistas del mensaje que se multiplica.
Engendrada bajo las luces del nuevo milenio, es justamente Hugo Lobo, músico por pasión y por herencia familiar, quien convoca a una serie de músicos, algunos de reconocida trayectoria, como es el caso de Sergio Rotman (saxofón) y Toto Rotblat (percusiones), quienes supieron estar entre sus miembros; y otros compañeros del conservatorio y de la ruta musical; para armar este proyecto, como dijimos, este perro verde musical; en donde combinar el reggae y el ska con las armonías y el humor del jazz de los años 40 o 50 en una Big Band liderada por vientos.
Resulta difícil definir el estilo de Dancing Mood, ya que se va de los margenes de los presupuestos clásicos, evitando con cintura envidiable cualquier tipo de encasillamiento. Se mueve en tre las zonas grises del rock,el jazz, el reggae, el ska,la cumbia, el pop. Arma una molotov con ingredientes de cada estilo,y la arroja, como el viernes por la noche, a un publico igualmente diverso en su composición. y el resultado fue una combustión de buena energía, donde se transpiraron desde clásicos universales como Take Five, hasta modernas versiones de viejos hits de Michael Jackson, y por supuesto, tanques que marcaron altísimos momentos de trance tribal, como es el caso de Police Woman, resabio de la epoca en que los jamaiquinos Skatalites, eran el grupo de cabecera de Lobo.
Esta claro que es el mismísimo Hugo el padre y responsable de cada uno de los arreglos, acordes y melodías que suenan sobre el escenario. Pendiente de cada detalle, marco el pulso de arranque de cada una de las canciones con su mano izquierda, luciendo su talento incuestionable en los proliferos solos de trompeta que ejecuto; y apoyando a sus compañeros en sus respectivas performances, desde lo que se nota, una solida formación musical de conservatorio y técnica pulida.
En mi caso Dancing Mood llego hace unos años a instalarse en el partenon de las grandes bandas para disfrutar. Pero también se vio en Meet a jóvenes fanáticos recién estrenando su pasión, o viejos habituales de aquella música que se siente con el cuerpo, y se contonea en cada nota. En este sentido, fue una grata sorpresa ver a un recinto lleno que acompaño, esta gira denominada Non Stop, afianzando la apuesta de los productores de eventos locales, que se aventuran con bandas que se salen de lo mercantilistamente definido como alternativas seguras.
Talento, música que se vibra en el cuerpo, energía hiperkinetica perfumando la atmósfera del recinto en donde, un dia de noviembre, muchos de nosotros, y todos los que alli estuvieron, suprimieron momentánea o definitivamente, aquel viejo mandato de que los rockeros de buena cepa no somos bailarines dignos. Vencidos todos los prejuicios,traspasadas las rígidas fronteras, Hugo Lobo y su gente vinieron a marcar en el calendario del Alto Valle, el extraordinario día en que los rockeros, nos pusimos a bailar!
Fotos: Michelle Anouk


q genia! muy buena cronica! realmente lo describe como fue, o como lo senti..! suerte y saludos!
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