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Por la Lic.Chaman.
Reinventarse, esa parece ser la clave de Diego El Cigala. Y como embebida en esa magia que lleva a mutar lo que hasta ahora había tomado determinada forma, esta crónica también sera mutante,ya que no empezara en el momento en que se encendieron las luces del Club Pacifico de la Ciudad de Neuquén, en el ultimo sábado de septiembre, para dar inicio al cantor, sino antes, en el momento en que este gitano piso suelo local.
Pero antes viajemos en el tiempo, hagamos una reconstrucción de su identidad. Diego Ramón Jiménez Salazar, nació en Madrid un 27 de diciembre de 1968, en la víspera del día de los Santos Inocentes, y quizás sea esa la génesis de la impúdica lujuria, que como antónimo, rodea el aura de este español.
Conocido como Diego El Cigala, el cantor flamenco; es uno de los herederos del mítico Camarón de la Isla; quien, según cuentan, fue el artífice del apodo "El Cigala", palabra que si se investiga, remite a los cangrejos y a su andar irregular escudado en un duro caparazón.
De familia con el ADN marcado por el flamenco, creció en el popular barrio del Rastro, en Madrid. Sobrino del cantante flamenco Manuel Farina, a los doce años de edad ya ganaba su primer concurso de flamenco y el primer premio del certamen al mejor cantor. Luego, acompaño y formo parte de las troupes de míticos cantores y guitarristas de la madre patria, tales como David Amaya, Tomatito y Paquete, Javier Limón, El Gran Wyoming, Santiago Segura, Pablo Carbonell y Javier Krahe. Quizás estos nombres sean para nosotros un tanto desconocidos, pero seria algo así salir a jugar en primera a fuerza de talento, carisma, e impronta.
Dueño de una de las presencias mas impactantes que mis femeninos ojos han podido registrar, tanto arriba del escenario, como en su alterego fuertemente gitano fuera de las luces, El Cigala desando a lo largo de los años, los pasos que finalmente, en este bisiesto 2012, lo hicieron arribar, un día viernes por la noche, al suelo valletano.
Producto de esos giros del destino, que a veces irrumpen, un poco esperados, un poco empujados por la porfiada convicción de saborear hasta el ultimo ápice posible de los terrenales gustos artísticos, tuve la fortuna y la osadia de formar parte de la improvisada comitiva que bienvino a El Cigala y sus músicos a esta Ciudad.
Y lo que sucedió rozo mas el plano de lo inesperado, que la satisfacción de los impetus cholulos. Enfundado en un conjunto deportivo verde, con campera de cuero, zapatillas charoladas, sombrero estilo texano, gafas, y repleto de oros; se corporizo un gitano que poco tiene que ver con los que habitan estas latitudes. Creo, al reflexionar sobre la sensación que me colmo el cuerpo ante este moreno, que el choque cultural fue altamente desconcertante. Con modos amables y con gran cortesía, el galanteo y su forma sin embargo, prácticamente anulo mis herramientas de mujer anfitriona, sintiéndome altamente subyugada por una energía de macho arrasador que casi cosifica a condición de presa furtiva. Cabe la aclaración, no es que me haya disgustado, es solo que el descoloque me dejo indefensa.
Entonces, aparece nuevamente la cuestión de reinventarse. Ya situados en el mencionado Club Pacifico, agiornado con telones y demás ornamentos de ocasión, El Cigala dio una presentación impresionante. Reinventándose en la interpretacion de sus últimos discos, acercando el melisma flamenco al bolero en el disco que grabo en compañía de Bebo Valdés en el inolvidable Lágrimas Negras, después con Dos Lágrimas, y el año pasado con Cigala & Tango, pellizcando el repertorio de Gardel, Cadícamo o Yupanqui.
Enfundado en un sobrio traje gris acero, camisa blanca, lejos de la informalidad de la víspera, y con su oscuro cabello ensortijado como marca personal, el cantaor madrileño fue el único protagonista ante un recinto de butacas y pisos superiores colmados.
El Cigala, acompañado por una formación de músicos en los que se destaco el contrabajista cubano Yelsi Heredia con un toque y una sonrisa ostentada desde la distancia de su tierra, el pianista Jaime Calabug ‘Jumitus’, el percusionista Isidro Suarez y la colaboración del guitarrista histórico de Andres Calamaro Diego García, se formo una alianza que en el escenario, todos juntos, o por partes, genero magia; y eso es muy difícil de conseguir si no se es algo más que buen músico. No falló el sonido ni tampoco falló el público, siempre atento a un detalle, a un guiño, a un melisma regalado.
De ‘Garganta con arena’ y ‘Las cuarenta’, las dos primeras piezas de la noche, pasó a ‘El día que me quieras’ y Nostalgias, para dejar al percusionista y contrabajista hacer esplendidos solos en el escenario. La labor del pianista fue tan reconfortante que es difícil de describir mas que con el termino excelencia carnal. Después llegó ‘Tomo y obligo’, el tango de Carlos Gardel ‘Sus ojos se cerraron’, ‘Alfonsina y el mar’, la misteriosa ‘Yukali’, y ‘En esta tarde gris’. Sin nada que objetar, resulto notable sin embargo, que en algunas se sintió algo más de conexión que en otras, me imagino que por cuestión de sensaciones más que de otra cosa.
El público aplaudió a rabiar y se emocionó con esas canciones que hacen daño, que nos cuentan pequeñas tragedias humanas que suceden por los amoríos descarnados, por la noche, por el andariego paso por el mundo.
Su disco en directo, grabado un 29 de julio de 2010 en el teatro Gran Rex de la calle Corrientes de Buenos Aires, fue interpretado prácticamente en su totalidad. Disco que es una maravilla, un encuentro de dos mundos, el del flamenco y el tango, unidos por un artista enorme como es El Cigala, y un éxito de ventas que algunos siguen sin explicarse.
Después, recordó su trabajo con Bebo Valdés haciendo ‘Inolvidable’ y ‘Corazón Loco’, dejando para el bis ‘La bien pagá’, y concediendo una más porque era ineludible la evidencia de un publico extasiado por el espectáculo que transcurría en el escenario. Es así como se sacó de la manga ‘Dos gardenias’, el clásico de Antonio Machín, reinventado en clave jazz cubano.
Finalizada la noche, el publico se llevo consigo la generosidad con la que este enorme artista amalgamo un flamenco improbable por nuestras tierras, con parte de nuestra identidad mas arrabalera, teñidos con tonos latinos. Y todo esto, mediado por este cantaor, Diego El Cigala, y su alterego, tan gitano que conmueve. Puedo concluir entonces, que el amor de este hombre por su arte no conocerá el miedo a la entrega, ni temerá descubrirse ante la magia del enamoramiento en un recinto lleno de multitudes. Podrá gritar o hacer rótulos de notas en lo alto de los edificios proclamando su derecho a sentir el más hermoso y humano de los sentimientos.
Fotos por, Maga Ph. |
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